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19ª MARCHA CICLOTURISTA PEDRO DELGADO
Domingo 12 de agosto de 2012

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HOMENAJE

ANGEL ARROYO LANCHAS  



 

EL SALVAJE

El Demonio, el Guañan, son muchos los apodos que he escuchado haciendo referencia a Ángel Arroyo. La primera vez que lo escuché fue algo así: “Ha venido el Salvaje”. No tenía ni idea sobre quien hablaban. Entonces era un chaval que después de correr los campeonatos de España de juveniles y haber cumplido los 18 años, me saqué licencia de aficionado para poder medirme con la categoría de aficionados. No fue una decisión unilateral, mi director por aquel entonces Moncho, ayudó a ello, pues según él, la categoría de juveniles se me estaba quedando un poco corta. Director y patrón del entonces equipo Moliner-Vereco del también equipo de aficionados, con Minguez como responsable. Todos vieron con buenos ojos, eso de subirme a una categoría superior y ver cómo respondía.

Estrenando licencia, disputé las carreras que se celebran en Segovia en sus fiestas (San Juan y San Pedro). Arroyo, que estaba en la mili, aprovechó unos días de permiso para venir a correr. Allí fue donde también conocí a otros buenos corredores que estaban en el equipo, recuerdo especialmente a Faustino Ruperez.

El encuentro en el mismo día de estos dos corredores me impactó más que su poderío físico, por el carácter de ambos. Ángel no paraba de hacer bromas a unos y a otros, Faustino en cambio, no hablaba prácticamente y aguantaba con estoicismo las bromas que le llegaban de su compañero.

Todas las referencias que tenía de Ángel venían de la mano de Moncho (también director suyo como juvenil), pues cuando corríamos en Ávila y en ocasiones paramos a comer en el restaurante que regentaban sus padres en el pantano de Burguillo. De lo que se hablaba de él en aquella época, había unanimidad de opiniones: “Muy buen corredor, pero como un poco loco”.

Años más tarde nuestros caminos se volvieron a cruzar en mi primer año como profesional en 1982, en el Reynolds. Ángel venía del Zor-Helios de Minguez, que por lo ajustado del presupuesto del equipo vallisoletano le tuvo que dejar marchar y apostar por Ruperez que había ganado la Vuelta a España de 1980.

En ese reencuentro, su carácter me volvió a marcar más que su proyección o los triunfos conseguidos en Valles Mineros o etapa en la Vuelta a España de 1981. Nada más conocerte o reencontrarte con él, te ponía un mote. Si ya lo tenías en el entorno ciclista, escogía otro. A mi me tocó el de Pedro Picapiedra. No por nada en particular, sino por el placer de hacer travesuras. Este aspecto tan particular suyo, como os podéis imaginar, a alguno no le hacía mucha gracia, pero a él le daba igual.

La relación de aquellos años en el equipo navarro, fue muy intensa. Éramos 4 de la zona centro y los viajes los hacíamos juntos. Úbeda, Greciano, Arroyo y yo. Casi siempre en el coche del primero. Así comencé a convivir con este ‘genio’, encantado siempre de sacar punta a todo. No sólo íbamos juntos a correr, recuerdo madrugar para ir a Madrid donde nos hacían analíticas de sangre y pruebas de esfuerzo. Aquí Arroyo se desesperaba con las conclusiones de estos test, pues su paisano Úbeda, demostraba estar mejor que el resto y en cambio, cuando entrenaban juntos en la bici, no le podía seguir en los puertos. Pero lejos de ser reticente a este tipo de novedades técnicas, muy raras en aquella época, no estaba en contra de ellas. Gracias a ello fue pionero en España en empezar a realizar entrenamientos planificados y a tener entrenador. Este fue José Luis Pascua (uno de los grandes pioneros de la preparación física en deportes de resistencia en nuestro país). Así, ese año 1982, empezó a trabajar con él y a madurar deportivamente.

Ese miso año estuvo a punto de ganar la Ruta del Sol (la Vuelta a Andalucia ahora), donde finalizó segundo. Ante tan buen rendimiento y a punto de ganar al belga Marc Sergeant (por aquel entonces dominadores de carreras de este tipo), comentó en una entrevista que su buena condición era gracias a realizar entrenamiento con series. Ante esta declaración pasó a ser el foco de más de una broma entre los más veteranos, “Chaval, aunque hayas hecho 2º, así no se entrena si quieres ser ciclista”, “Que vas muy rápido ahora y el año es muy largo. Hay que guardar las fuerzas para las carreras y no derrocharlas en el entrenamiento”. Toda esta situación a Ángel más que cohibirle, le provocaba (de hecho él es un provocador).

Esta ‘presión’ de los más veteranos de la profesión no le afectaba lo más mínimo, sino todo lo contrario, le encantaba ser el centro de atención. El seguía con sus series y cada vez andando más y más en todos los terrenos (contra reloj y montaña). Como lo confirmaría meses más tarde su victoria en la Vuelta a España del ’82 o el segundo puesto del Tour de 1983. Así cerró bocas y empezó a cambiar la mentalidad de muchos de los que eran ciclistas profesionales. Pues ese caracter alocado en las relaciones personales, subido sobre la bicicleta le convertía un hombre muy metódico en los entrenamiento y en las carreras, leer perfectamente lo que estaba pasando.

Una característica innegable de Arroyo además de su gran motor, era su capacidad de lucha y rebeldía. Recuerdo muchas veces llegar al hotel, en esos mis primeros años de profesional, totalmente muerto junto al equipo y en la cena nos deleitarnos con una frase que ha perdurado en el ciclismo “¡Mañana les matamos!”. Desgraciadamente al día siguiente los muertos volvían a ser los mismos, pero eso a él parecía no afectarle.

Ángel se aplicaba el cuento a si mismo en muchos de sus dichos. Pues cuando uno se va haciendo veterano o las ganas o las fuerzas no te acompañan, lo que más deseas es que haya paz y la carrera no se mueva mucho, pero a él le encantaba: “Echar unas avispillas". Otra gran expresión del cuño de Arroyo. Genio y figura que no aguantaba mucho si la carrera iba tranquila. A pesar que en sus últimos años como profesional no le respetase la salud, no podía evitar ese gusanillo interior de intentar mover la carrera. Así, cuando le veían atacar por atacar, más de uno se acordaban de sus muertos, “pero si vas muerto, ¿para qué atacas?” le decían muchos “Es que me estaba aburriendo” o ”Me estaba durmiendo” les respondía. “Además, si no puedo atacar cuando vais rápido, tendré que esperar cuando se vaya más despacio para hacerlo”. Toda una temeridad esa actitud, pero “había que liarla” con esa sonrisita suya enseñando el diente. Son recuerdos imborrables, ligado a ese carácter tan particular de un ciclismo de ataque e inconformista, “si no podías subiendo, habrá que intentarlo bajando, aunque luego te quedes espatarrao”. Realmente admirable esa actitud.

Sirva este año mostrar mi reconocimiento no solo por amistad, sino también por su valía y un concepto de ciclismo cada día más difícil de encontrar. Este año hacemos homenaje en la Marcha a Ángel Arroyo y así darle a conocer al aficionado más joven de este deporte. Fue pieza clave en levantar el ciclismo en nuestro país, en los inicios de los años ’80. Desafortunadamente unas malditas fiebres de Malta, en la mejor de su carrera deportiva, le privó de un palmares digno de los mejores ciclistas que ha dado nuestro país.

Será de nuevo un placer pedalear de nuevo a su lado en la cicloturista y cuidadín a los participantes que se lo encuentren en la carretera, pues le encanta “echar avispillas” y aunque no sale habitualmente en bici, sigue teniendo un mas que aceptable golpe de pedal.

Pedro Delgado



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